miércoles, 3 de julio de 2013

Un país con sus valores hipotecados


Pablo Pérez

Atrás quedaron aquellas frases y consejos de nuestros padres, abuelos y tíos que formaron parte de nuestra educación y formación como hombres y mujeres de bien. En un país con sus valores hipotecados, pareciera no tener cabida aquello que: "A las mujeres no se les toca ni con el pétalo de una rosa", o un extracto del famoso poema de Andrés Eloy Blanco que exalta la bendición de ser padre: "Cuándo se tiene un hijo, se tienen todos los hijos del mundo".


Revisar los medios de comunicación y encontrarse con noticias como que unas 30 mujeres han sido asesinadas en lo que va del año en el Zulia, o con la aberrante información de que un sujeto abusó sexualmente de más de diez niños en la Costa Oriental del Lago, por citar sólo dos ejemplos recientes, es una muestra de la degradación social en la que estamos sumergidos.

Pero ¿Qué ha ocurrido para que lleguemos a tales niveles de desmoralización? Múltiples son los factores que inciden en este proceso de distorsión social en el cual los valores parecen haberse extraviado. Hemos entrado en un preocupante estado de anomia social.

¿Todo es culpa de este Gobierno? No. De lo que si es culpable es de haber hecho muy poco por rescatar la moral, la honestidad y el respeto como valores intrínsecos en una sociedad. Se han ocupado más de instaurar una hegemonía que implica una falsa moral revolucionaria y un proceso de ideologización para crear un hombre nuevo y obediente.

Venezuela es un país donde la educación pareciera no ser la prioridad del Gobierno. Este régimen no exhibe ni un solo programa educativo eficiente. No son capaces de construir nuevas escuelas y liceos, muchos menos se ocupan de la calidad de la educación venezolana.

El sólo hecho de ver como se tilda de "desestabilizadores" a un grupo de estudiantes y profesores universitarios, que lo único que piden son sueldos dignos y un presupuesto justo para formar excelentes profesionales y tener universidades de alta competencia, resulta preocupante e inquietante.

Este es un Gobierno que ha pretendido dinamitar la estructura de la sociedad venezolana, con el fin de imponer un socialismo que carece de lógica y de antecedentes positivos. Han llegado al límite de justificar y amparar delitos como las invasiones.

Pero qué podemos esperar de una sociedad con signos de anomia, si el principal promotor de dicha anomia es el propio Gobierno, que en vez de dar el ejemplo a través de las expropiaciones se apoderó de empresas, industrias y fincas sin pagar a sus legítimos dueños el precio de sus bienes. Eso no es expropiación, sino una apropiación.

Cuando el Gobierno actúa de esa forma, carece de autoridad para poner orden en el desorden. Y el desorden que se vive en Venezuela es la consecuencia que nuestra sociedad olvidó esos valores que nuestros familiares nos transfirieron de generación en generación.

Bien lo dice Mandela: “La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo. La educación es el gran motor del desarrollo personal”; y hacia allá debemos ir como personas, como sociedad con valores y principios que muestren la nobleza y el altruismo que siempre nos ha caracterizado como venezolanos y muy especialmente como zulianos.

Estamos a tiempo de corregir. No todo está perdido. Cuando esta pesadilla acabe, todos los venezolanos debemos trabajar unidos por aportar en un proyecto de país que incluya una educación de calidad, con el fin de sembrar los valores que nos permitan regresar a tiempos de paz, respeto y tolerancia.


Finalmente cierro con otra frase de Nelson Mandela: “No puede haber una revelación más intensa del alma de una sociedad, que la forma en la que trata a sus niños”. Sin educación no hay valores. Sin valores no hay sociedad.

Pablo Pérez

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